Maïmouna Doucouré y el extraño fenómeno #guapis

Festival de Sundance. Unifrance.org

La primera vez que supe de la existencia de la película #mignonnes, #cuties en inglés, y #guapis en español (claro que sí, guapi, te habrás quedado a gusto) fue en una publicación de una feminimista y activista maternal a la que sigo y admiro. 

Cuando la vi no le hice ni caso. Incluso me tomé el tiempo de ver el trailer, y de verdad, pensé que se le había ido la pinza porque, a pesar de que a mí lo de ver niñas haciendo twerking me parece tan asqueroso como a cualquier madre, no vi que fuera para tanto. Porque si la cosa fuera de concursos de verdad, ya sean de twerking o de los de posar en bañador y vestidos de princesa de toda la vida, yo soy la primera que firma donde sea para acabar con todo eso, pero al ser una película, pues es eso, una película, y antes de subirse por las paredes, igual hay que saber qué es lo que cuenta.

Pasados un par de días vi que todas las feministas del mundo compartían indignación por las redes con la facilidad, como siempre, de darle a un botón; perfiles que ni conocía aparecían en mi muro porque alguna que otra amiga había dado likes o comentado cosas del tipo “uy, qué mal”. Pero al mismo tiempo empecé a ver publicaciones que decían que la directora era una mujer negra y que cuánto racismo y falta de sororidad por parte del feminismo blanco. (He de decir, por cierto, que la publicación que mencionaba antes desapareció. No sé si tras una disculpa por haber metido la gamba. Eso quiero creer).

Y la verdad es que al principio me negué a creerlo. Lo que pensé es que nadie se había molestado en averiguar quién y desde dónde había hecho la película, porque de saber que era la obra de una mujer, no se habría puesto el grito en el cielo de esta forma. ¿Que una mujer no puede ser pederasta? Pues evidentemente también las habrá. Pero es muy distinto que una mujer, deliberadamente y a conciencia, invierta su talento, tiempo y esfuerzo en crear contenido para pedófilos. A las mujeres nos cuestan demasiado las oportunidades y el reconocimiento como para andar jugando con estas mierdas.

Pero puede que realmente haya sido una campaña de acoso y derribo por parte de quienes no puedan digerir que una mujer, especialmente una mujer negra, alcance tales logros en tan poco tiempo. A estas alturas no quiero pecar de ingenua y ya no descarto nada. Porque cuesta creer que antes de iniciar una campaña como esta nadie se haya parado a mirar si quiera qué nombre aparecía en la dirección. Que nadie haya pensado en las consecuencias. Que una mujer haya tenido que cerrar sus redes a causa de los insultos y amenazas de muerte. Por parte de mujeres, de madres. Sororidad de la buena, oiga.

También se especula con que haya sido una estrategia de marketing por parte de Netflix ya que, a pesar de haberse disculpado por la imagen de la promo, cuesta también creer que de todos los ojos por los que pasó a nadie le pareciera inapropiada. Puede que haya mucha gente haciendo mucho ruido gritando lo indignada que está y lo rápido que se va a borrar de Netflix, pero, ¿a quién quieren engañar? El entretenimiento en streaming es como una droga y hoy en día cuesta menos dejar de fumar que darle al botón de cancelar suscripción.

Por mi parte, me quedo con el descubrimiento de Maïmouna Doucouré, una cineasta femenina, negra y con un talento tan indiscutible que le ha otorgado ya varios premios con su primer corto y su primera película respectivamente. Que no es algo que consiga cualquiera, oigan.

Explica en una entrevista en cineuropa.org que la idea de la controvertida película surgió un día viendo a unas niñas bailando en una fiesta de cumpleaños, y le chocó la necesidad que tenían de mostrarse y actuar de forma tan provocativamente sexual. Inició un camino de revisión a sí misma, su niñez dentro de la cultura senegalesa, su feminidad y su concepto sobre ella. Empezó a introducirse en grupos de baile de niñas, entender su motivaciones, sus influencias, el impacto de las redes sociales, etc. entendiendo la complejidad de la sociedad en la que les ha tocado vivir y por encima de todo, sin emitir juicios sobre ellas.

“Cuando era pequeña, me prohibí a mí misma soñar”, dice en otra entrevista en ladepeche.fr, explicando que su madre le decía que el cine no era para ella porque no había mujeres negras.

“En mi infancia, tuve una terrible falta de modelos a seguir”, continúa. “La televisión es una especie de espejo de la sociedad, pero tuve la impresión de no ver nunca mi reflejo en ella. Entonces es difícil abrir el campo de posibilidades e imaginaciones”.

Y desde su posición, su profesión y su arte, el objetivo de Maïmouna es derribar las barreras mentales de las chicas negras. Empoderar a las mujeres independientemente de su apariencia, religión o raza, demostrar que la feminidad y la belleza no están reñidas con el talento, la inteligencia y la valía de una mujer, como reprocha en su corto pero directo discurso de aceptación del premio del Festival de Sundance por Mignonnes. Mucho que ver con promover la pedofilia y todo eso, sí.

Tampoco sé si esas feministas y madres indignadas saben que el proyecto de la película comenzó cuando Maïmouna estaba embarazada, y que la selección del casting y gran parte del rodaje transcurrieron con un bebé en bandolera. Muy de alguien que promovería la pedofilia, también.

Estrategia o no, yo que de Netflix voy y vengo, ahora que no estoy suscrita  me la apunto para cuando vuelva, más pronto que tarde, porque seguro que me interesa lo que tiene que aportar. Porque resulta que, a todo esto, tengo una hija de 11 años.


#MaïmounaDoucouré #MujeresAfro #ReferentesAfro #Guapis #AfroFemkoop

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Nebetawy
Educadora y cuidadora no remunerada, cantante e instructora de yoga.

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